días complicados, días que se parecen a esos que no quieren estar; anoche el i ching hablaba de remolinos y de poca serialidad, de como el fluir, la creatividad y los amantes se manifiestan en el ahora, en el pasado y en lo verdaderamente oculto de la intención...terminé soñando con el mar profundo, como siempre que huyo de la realidad...
jarochitonaitsclub...presentaaaa!!!...
((_.·´¯`±¦«-´¯`¤]...a La SeñoRita pöLvoS dE DiamantE y Su fiCCión -función- dIariA[¤´¯`-»¦±´¯`·._))
sábado, febrero 11, 2012
HABITACION...Dentro de ella se lograba escuchar el latido de los basureros, el despertar de los postes desganados, miles de bolas de tenis golpeando a un elefante mutilado, el maullido en celo de gatos frenéticos. Cerca de su pecho había un abismo. ¿Cuánto tiempo podrá sostener sus propias mentiras?
Ella de alguna forma sabía acariciar mi nuca y hacerme olvidar que la respuesta estaba entre su ropa sucia y el pasillo. El amanecer era petulante, los rayos acariciaban a las persianas; por las fisuras atravesaba su luz y cortaba nuestra piel unida en una sinfonía inconclusa. Ella se levantaba con una rapidez irremediable y dentro de sus botas colocaba su humanidad. Se disfrazaba frente al espejo y se marchaba.
Su ausencia era descomunal pero me alegraba siempre que se iba.
Yo rebuscaba, en las sombras del cuarto, algo parecido a mí. Una forma que me recuerde como era antes de conocer esa habitación. Entre sus discos (pensé como primera posibilidad) algo de mí debe quedar. Había discos de: The doors, Sonic youth, radio head, Tom Waits. Nada me decian. Decidía buscar entre sus libros. Estaban regados como efecto dominó por todo el cuarto. Creía que si los levantaba iban a darme una pista. Comenzaba por Burroughs y terminaba con Gorki. Al final me subía a la cama e intentaba descifrar el Puzzle que ella había fabricado. Estaba seguro que ella había construido con detalles minuciosos una senda por la que podía regresar hasta el punto de donde había huido. De eso se trata la vida después de todo, de huir hasta un lugar donde crees que jamás vas a regresar, cuando sabes que has perdido la ruta te encargas de mil formas de buscar el camino a casa.
Estuve parado en la cama algunas horas intentando descifrar el puzzle, pero cada vez que me esforzaba, estaba más seguro que era inútil mi búsqueda. Mi nombre… ¿cuál es mi nombre? Lo susurraba tan despacio que pensaba que quien lo dijo, fue una brisa atrapada en las cortinas azules de aquella habitación. Estaba desnudo, encima de una cama y sin mi nombre. Detrás de la escafandra mística tenemos un solo nombre, quizás no sea el que nuestros padres nos obsequiaron o con el que nos laceraron, pero hay un nombre detrás de cada ser humano y es el que nos dice, con golpes directos a la nariz, quienes somos, y yo lo había olvidado.
Después de luchar en vano con los libros buscaba cigarrillos por la habitación. ¿Ella cómo se llama? ¿Es mi esposa, mi amante, mi novia, es mía? ¿Dónde esconde su rostro?
Había un teléfono de rosca en un rincón de la habitación. Me acercaba con la punta de los pies; el cuarto de una mujer sin rostro es tan frío como una navaja de hielo en el vientre.
Me arrodillaba frente al teléfono, alzaba la bocina. El tono era una canción de mirlos. Marcaba un número, el primero que se me venía a la cabeza. La contestadora aparecía.
–Hola soy Ángel y… –una voz de mujer se esparcía en mi tímpano– …Caro, estamos en alguna ciudad sin puentes, por favor deja tu mensaje y nosotros intentaremos devolverte la llamada.
Caro, ese nombre me recordaba a una estampida de luciérnagas golpeándose insistentemente contra un espejo inmenso. Tomaba la bocina de nuevo y marcaba el mismo número, esperaba que la contestadora haga su parte. Cuando me daba tono respiraba profundo.
–Soy… ustedes me conocen, estoy en la habitación, sáquenme de aquí.
Colgaba de inmediato. Me arrimaba a la pared más próxima.
La puerta, la puerta es la salida, o quizás la entrada a un lugar peor, pensaba.
Miraba por la rendija si alguna persona me espiaba desde afuera. Había un pasillo largo que no me decía nada.
Me levantaba y me acercaba a la ventana. Era una ciudad extraña. Desde la ventana el nombre de la ciudad comenzaba a aletear en mi lengua pero no podía pronunciarlo; había un río que transportaba a la luz por sus corrientes tristes.
–Porqué no hay un solo puente.
Lo demás es lo que se imaginan. Ella abría la puerta, tenía bolsas repletas de comida, una sonrisa forzada y me llamaba Ángel y yo desprendía su nombre como goteras: C-a-r-o.
Ella me abrazaba y yo la desnudaba. Nos besábamos. Abría sus piernas y entraba hasta escuchar el latido de los basureros, el despertar de los postes desganados, miles de bolas de tenis golpeando a un elefante mutilado, el maullido en celo de gatos frenéticos.
Luego ella acariciaba mi nuca mientras yo dejaba un signo de interrogación colgado entre la ropa sucia y el pasillo de esa mujer cuyo nombre olvidaba.
Por: Joc Deux
Ella de alguna forma sabía acariciar mi nuca y hacerme olvidar que la respuesta estaba entre su ropa sucia y el pasillo. El amanecer era petulante, los rayos acariciaban a las persianas; por las fisuras atravesaba su luz y cortaba nuestra piel unida en una sinfonía inconclusa. Ella se levantaba con una rapidez irremediable y dentro de sus botas colocaba su humanidad. Se disfrazaba frente al espejo y se marchaba.
Su ausencia era descomunal pero me alegraba siempre que se iba.
Yo rebuscaba, en las sombras del cuarto, algo parecido a mí. Una forma que me recuerde como era antes de conocer esa habitación. Entre sus discos (pensé como primera posibilidad) algo de mí debe quedar. Había discos de: The doors, Sonic youth, radio head, Tom Waits. Nada me decian. Decidía buscar entre sus libros. Estaban regados como efecto dominó por todo el cuarto. Creía que si los levantaba iban a darme una pista. Comenzaba por Burroughs y terminaba con Gorki. Al final me subía a la cama e intentaba descifrar el Puzzle que ella había fabricado. Estaba seguro que ella había construido con detalles minuciosos una senda por la que podía regresar hasta el punto de donde había huido. De eso se trata la vida después de todo, de huir hasta un lugar donde crees que jamás vas a regresar, cuando sabes que has perdido la ruta te encargas de mil formas de buscar el camino a casa.
Estuve parado en la cama algunas horas intentando descifrar el puzzle, pero cada vez que me esforzaba, estaba más seguro que era inútil mi búsqueda. Mi nombre… ¿cuál es mi nombre? Lo susurraba tan despacio que pensaba que quien lo dijo, fue una brisa atrapada en las cortinas azules de aquella habitación. Estaba desnudo, encima de una cama y sin mi nombre. Detrás de la escafandra mística tenemos un solo nombre, quizás no sea el que nuestros padres nos obsequiaron o con el que nos laceraron, pero hay un nombre detrás de cada ser humano y es el que nos dice, con golpes directos a la nariz, quienes somos, y yo lo había olvidado.
Después de luchar en vano con los libros buscaba cigarrillos por la habitación. ¿Ella cómo se llama? ¿Es mi esposa, mi amante, mi novia, es mía? ¿Dónde esconde su rostro?
Había un teléfono de rosca en un rincón de la habitación. Me acercaba con la punta de los pies; el cuarto de una mujer sin rostro es tan frío como una navaja de hielo en el vientre.
Me arrodillaba frente al teléfono, alzaba la bocina. El tono era una canción de mirlos. Marcaba un número, el primero que se me venía a la cabeza. La contestadora aparecía.
–Hola soy Ángel y… –una voz de mujer se esparcía en mi tímpano– …Caro, estamos en alguna ciudad sin puentes, por favor deja tu mensaje y nosotros intentaremos devolverte la llamada.
Caro, ese nombre me recordaba a una estampida de luciérnagas golpeándose insistentemente contra un espejo inmenso. Tomaba la bocina de nuevo y marcaba el mismo número, esperaba que la contestadora haga su parte. Cuando me daba tono respiraba profundo.
–Soy… ustedes me conocen, estoy en la habitación, sáquenme de aquí.
Colgaba de inmediato. Me arrimaba a la pared más próxima.
La puerta, la puerta es la salida, o quizás la entrada a un lugar peor, pensaba.
Miraba por la rendija si alguna persona me espiaba desde afuera. Había un pasillo largo que no me decía nada.
Me levantaba y me acercaba a la ventana. Era una ciudad extraña. Desde la ventana el nombre de la ciudad comenzaba a aletear en mi lengua pero no podía pronunciarlo; había un río que transportaba a la luz por sus corrientes tristes.
–Porqué no hay un solo puente.
Lo demás es lo que se imaginan. Ella abría la puerta, tenía bolsas repletas de comida, una sonrisa forzada y me llamaba Ángel y yo desprendía su nombre como goteras: C-a-r-o.
Ella me abrazaba y yo la desnudaba. Nos besábamos. Abría sus piernas y entraba hasta escuchar el latido de los basureros, el despertar de los postes desganados, miles de bolas de tenis golpeando a un elefante mutilado, el maullido en celo de gatos frenéticos.
Luego ella acariciaba mi nuca mientras yo dejaba un signo de interrogación colgado entre la ropa sucia y el pasillo de esa mujer cuyo nombre olvidaba.
Por: Joc Deux
lunes, agosto 22, 2011
martes, agosto 16, 2011
viernes, marzo 25, 2011
el mar se violentö, buscaba a su sirena.
ella se escondia entre la gente, entre letras y entre unas piernas ficticias; pero no, al mar no le fue suficiente saberla con su nueva vida, la queria de regreso, la queria nuevamente para él.
un día, el mar se enloqueció con la gente, todos corrian y asustados vociferaron el sortilegio... por fin la encontró desmayada entre escombros, trato de besarla, de revivirla; él descubrió que el vientre y la espalda de su sirena estaba llena de peces de colores: el mar, por primera vez, tuvo temor. la tomo suavemente entre sus brazos de sal y la llevo de nuevo a su reino de coral. ahi siguió contandole cuentos de felicidad y de tristeza, desde ahí la dejó seguir contemplando las estrellas y el amor...
no se si el tiempo se reestructura de alguna manera definida, no se si el amor tiene alguna forma matematica no planeada, o si los asteroides buscan los tsunamis para comunicarse; lo que si se, es que ha aumentado mi necesidad de verte, de regresar a tu lado, de volver a estar dentro del centro de la tierra*
viernes, febrero 04, 2011
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